domingo, 29 de junio de 2014

Vida y aventuras de Astrid Lindgren - Tercera y última parte por Javier Claure C.

Astrid Lindgren
Astrid Lindgren conversando con el ex Primer Ministro sueco Ingvar Carlsson.




(Estocolmo) Javier Claure C.
                                     
                                                     
Volviendo al tema de su infancia, Astrid Lindgren creció en un ambiente en donde reinaba mucho amor. Este estado de armonía y la educación que recibió contribuyeron, sin duda alguna, a su desarrollo y a potenciar su gran capacidad de expresión. No obstante, una vez confesó: “Cuando tenía 3 o 4 años, recuerdo que mi madre se puso un poco grosera, y me escapé al baño que había fuera de la casa. Allí permanecí poco tiempo y cuando volví adentro me di cuenta que mis hermanos habían recibido caramelos. Consideraba que era un hecho injusto y enojada di una patada en dirección donde se encontraba mi madre. Luego me llevó a una sala y me dio una paliza”. Pero este hecho no melló la personalidad de Lindgren, porque en sus cuentos no se atisban palizas a los niños. Al contrario, toma partido por ellos y los defiende con todo su corazón. De este modo, valora la libertad del niño, su personalidad y la cotidianidad del mundo infantil. Lo que más bien marcó el fuero interno de Lindgren, es haber visto, en su infancia, injusticias cometidas contra niños que venían de una clase social pobre. Fue testigo de aquella pedagogía negra de la época. Recordaba, con mucha amargura, a ciertos niños que recibieron maltratos, por parte del profesor, en frente de toda la clase.
En las narraciones de Astrid Lindgren hay contradicciones. Los personajes son de apariencias y conductas opuestas. Existen escenas, como en el caso de Pippi, en donde la protagonista es una niña independiente y sin familia que vive con sus propias reglas. Lucha contra todo lo que es autoritario. En otros cuentos hay escenas de niños disciplinados que están sujetos al control de la familia y siguen una vida escolar. Mientras que en algunas obras, la muerte está presente como advertencia de lo vulnerable que somos los humanos. Quizá esa desesperación y angustia que Lindgren sintió durante la Segunda Guerra Mundial, fue cristalizada en “Mío, mi pequeño mío” y en “Los hermanos Corazón de León”. Además, nadie vive en el paraíso el resto de su vida, solamente por haber tenido una infancia feliz. Lindgren también pasó por momentos difíciles. Dejar a su hijo, en Dinamarca, contra su voluntad, le partía el corazón. Su ser estaba rodeado de zozobras y la escritura fue un perfecto refugio. Cuando escribo me olvido de las penas, decía a sus amigas. Empero, nunca escribió para los adultos, porque consideraba que carecían de fantasía, o al menos eran dotados de una fantasía limitada. Por eso mismo llevaba una niña traviesa e insurgente en sus adentros. No aceptaba, del todo, la adolescencia y menos la vida adulta, ya que le ponía frenos a sus actos. Sentía nostalgia por esos tiempos inocentes cuando jugaba en los bosques, o cuando se reunía con sus amiguitos del colegio. Y, como resultado de ello, recuerda ambientes, olores, paisajes, personajes, lugares y detalles.

Por otro lado, en algunos cuentos, como por ejemplo en “Ronja, la hija del bandolero” y en “Mío, mi pequeño mío”, muestra algunas miserias humanas: el odio entre dos clanes y a un niño desatendido por sus padres adoptivos. Lindgren sabía que teníamos que llorar varias veces, para luego reír con firmeza. Y tuvo la gran virtud de acercarse a los niños con mucha fantasía, amor y respeto. Desde su primer libro, el niño comprende que tiene una amiga que le quiere  y, además, le da la razón. Entonces los lectores de corta edad, y los adultos que leen, como intermediarios, las obras de Lindgren; difícilmente podrán olvidar los nobles sentimientos de esa mujer rodeada eternamente con alma de niña.
Lindgren fue una escritora que supo ponerse a la altura de los niños, y gracias a su fina sensibilidad y experiencia de juegos infantiles; se convierte en una maga para crear situaciones que cualquier niño o niña quisiera realizarlas. Ella supo perfectamente cómo cargar las palabras con una fuerte dosis de humorismo; siendo el mejor regalo para los pequeños lectores. Estaba convencida de que sus cuentos llegarían con gran entusiasmo a sus destinatarios. Y pues las aventuras narradas, en sus libros, mantienen encendida la antorcha de la curiosidad infantil. En esas fantasías se sumerge el niño cuando escucha las voces de los personajes, y así empieza a descubrir situaciones placenteras, por lo demás, necesarias para el desarrollo de los niños.
Es justo señalar que muchas obras basadas en los cuentos de Lindgren, han sido presentadas en el teatro en Suecia, en Escandinavia, en Estados Unidos y en muchos países europeos. Su fama creció enormemente cuando se hicieron películas y series de televisión inspiradas en sus libros. El cineasta sueco, Olle Hellbom, fue el encargado de producir 17 películas que, con el pasar de los años, se han convertido en clásicas de la cinematografía infantil sueca.  A lo largo del tiempo, la Editorial Rabén & Sjögren, donde trabajaba Lindgren, fue la Editorial que reeditó los libros de esta escritora, cuyas obras perduran en todos los rincones del mundo.
En resumidas cuentas, la autora de “Pippi Calzaslargas” nunca perdió las riendas de su destino. Conoció a la perfección el mundo de los niños y comprendió, en toda su esencia, la psicología de los pequeños. Lindgren escribía con un estilo particular y poseía un lenguaje ingenioso. A veces, se inventaba palabras o utilizaba modismos y expresiones suecas típicas que escuchó en su niñez, lo que sin duda alguna son difíciles de traducir a otro idioma.
Por último, los libros de Astrid Lindgren detienen el tiempo del reloj, y están impregnados de ciertas dualidades latentes en nuestro existir: la vida y la muerte, el bien y el mal, el llanto y la alegría, lo feo y lo bello.

(c) Javier Claure C. *
Estocolmo

Bibliografía

Edström, Vivi: Astrid Lindgren y la fogata (Astrid Lindgren och lägerelden). Estocolmo, 1992.
Hagerfors, Ana Maria: Astrid del siglo (Århundradets Astrid). Estocolmo, 2002.
Johansson, Anna Karin: Astrid en Estocolmo (Astrid i Stockholm). Estocolmo, 2012.
Kvint, Kerstin:  Astrid en el ancho mundo (Astrid i vida världen). Estocolmo, 1997.
Lindgren, Astrid: Pippi Calzaslargas (Pippi långstrump). Estocolmo, 2005.
Lindgren, Astrid: Pippi se embarca (Pippi går ombord). Estocolmo, 2005.
Lindgren, Astrid: Pippi en los mares del sur (Pippi i söderhavet). Estocolmo, 2007.
Lindgren, Astrid: Los niños de Bullerby (Barnen i Bullerbyn). Estocolmo, 2010.
Lindgren, Astrid: Más sobre los niños de Bullerby (Mer om oss barnen i Bullerbyn). Estocolmo, 2003.
Lindgren, Astrid: Es divertido en Bullerby (Bara roligt i Bullerbyn). Estocolmo, 2003.
Lindgren, Astrid: Miguel el travieso (Emil i Lönneberga). Estocolmo, 1970.
Lindgren, Astrid: Nuevas aventuras de Miguel (Nya hyss av Emil i Lönneberga). Estocolmo, 1969.
Lindgren, Astrid: Otra vez Miguel (Än lever Emil i Lönneberga). Estocolmo, 2013.
Lindgren, Astrid: Mío, mi pequeño mío (Mio, mi Mio). Barcelona, 1990.
Lindgren, Astrid: Los hermanos Corazón de León (Bröderna lejonhjärta). Estocolmo, 2013.
Lindgren, Astrid: Ronja, la hija del bandolero (Ronja rövardotter). Estocolmo, 1982.
Lundqvist, Ulla: Los niños del siglo (Århundradets barn). Malmö, 1979.
Strömstedt, Margareta: Astrid Lindgren, una biografía (Astrid Lindgren, en biografi). Estocolmo, 2003.
Strömstedt, Margareta, Norman Jan Hugo: Mi Småland (Mitt Småland). Estocolmo, 1987.
Törnquist Verschuur, Rita: La Astrid que yo recuerdo (Den Astrid jag minns). Estocolmo, 2011.

imágenes:

Astrid Lindgren conversando con el ex Primer Ministro sueco Ingvar Carlsson.

Astrid Lindgren (1907-2002)

texto e imágenes enviadas por Javier Claure C. para su publicación en la revista Archivos del Sur

*Javier Claure C. es un escritor boliviano radicado en Suecia

viernes, 20 de junio de 2014

Una traviesa prótesis mamaria por Belén Santaella



(Caracas) Belén Santaella 

 Antes de entrar en materia debo confesar que soy algo despistada o “muy despistada”, como dicen mis hijos, y no vayan a creer que es por aquello de mis sesenta y siete años y tres cuartos, lo he sido desde pequeña. Hago esta aclaratoria porque ese despiste es la causa de las travesuras de mi prótesis externa mamaria, lo cual hace sufrir muchísimo a Belén Elena, mi hija menor.  
Para los que ignoran lo que es una prótesis externa mamaria, les diré que es como una bolsita que puede ser sintética, rellena de alpiste o de cualquier otra cosa que adopte con facilidad la forma requerida. Claro que también está la posibilidad de hacerse una reconstrucción de la mama con un cirujano plástico, pero yo decidí hace dieciocho años que me quedaría con una mama y un espacio vacío. Por lo tanto  uso un sostén especial donde coloco la prótesis, que a veces es de alpiste y otras, sintética. En algunas ocasiones he utilizado medias de seda. Nadie debería darse cuenta de que me falta un seno, pero según mi hija, no logro mi objetivo.  
No sé si es un defecto o una virtud, pero pocas veces me miro en el espejo, solo lo hago cuando me voy a maquillar para una reunión y necesito que me vean formal y elegante, o si me acicalo para una fiesta, ocasión en la que me maquilla mi hija. Como no estoy muy pendiente de observar mi cara en el espejo, es lógico que tampoco vea mi cuerpo y, por ende, tampoco mis senos, así que no sé si la prótesis está donde le corresponde estar.  
A veces, cuando estamos en alguna reunión, se me acerca Belén Elena y me hace señas misteriosas para darme a entender que algo anda mal entre mi cintura y mi cuello; inmediatamente meto la mano dentro de mi sostén y con disimulo trato de que los dos senos se vean iguales. Mi hija, al ver que el resultado obtenido empeora la situación, me vuelve a hacer otra seña, pero esta vez  para que la acompañe al baño. Allí, con algo de impotencia me la arregla muy bien y me dice: “Mami, tienes que estar pendiente de la prótesis, cuando no está a la derecha, está a la izquierda. Eso se ve horrible, ¿es que acaso no te importa?”.  La miro fijamente y le contesto: “No, porque como yo no me la veo, no sé por dónde anda. Entonces, ¿para qué me voy a preocupar?”.  Pero esto no satisface mi hija.  
Debo decir que entre mi prótesis y yo existe una conexión de picardía y complicidad, no exenta de cierto pudor. Ella y yo sabemos que estamos destinadas a caminar juntas, ya que no me gusta andar por el mundo exhibiendo el espacio vacío que dejó la operación. La necesito y no me queda más remedio que andar siempre con ella. Por eso decidimos, la prótesis y yo, llevar esa relación sin peleas, más bien con cordialidad.  
Hace poco, en París, me reuní con Gladys Arnaud, una amiga de teatro, y hablamos sobre el tema del espacio vacío, que ese era el nombre que originalmente llevaba el monólogo que escribí, y que luego bauticé como Pechos de seda. Salió a relucir el tema de la importancia o no, de la falta de una mama en las relaciones sexuales, el argumento central de la obra de teatro, el cual trato con cierta jocosidad. Mi amiga, después de una larga conversación, dijo algo que me impactó: “Belén, tú tienes que vivir con ese seno que ya no está. Estarán juntos toda la vida, no tienes otra opción”. Esa noche, recordando sus palabras, entré al baño, me quité la blusa y el sostén frente al espejo, y mirando la herida que dejó la operación dije: “Gladys tiene razón, debo vivir contigo que ya no estás”. Respiré hondo. Qué sabias palabras las de mi amiga. 
Y esa noche vino a mi memoria la prótesis, la que sí está, la que es parte de mi cotidianidad, la que se muda de sitio como una niña traviesa tratando de engañar a los demás; creyendo ingenuamente que no se darán cuenta de su existencia. Es un teatro el que hace mi prótesis. Y agradezco cuando mi hija menor se enoja por sus travesuras y olvida, gracias a Dios, que yo uso la prótesis para que no se enteren de que alguna vez un oncólogo me dijo que la biopsia había salido positiva, que me practicarían una mastectomía radical del seno izquierdo y que tendría que conocer los efectos de la quimioterapia; que fueron momentos muy duros, que decidí luchar por ella, que aún era una niña, por sus dos hermanos, para que ninguno de los tres se enterara de mi miedo, de mi terror, de mi confusión. Tengo que vivir contigo que ya no estás... 
Ellos necesitaban que yo no me atemorizara porque era su roca, por eso me levanté, escondí muy profundo mi miedo y lo cambié por una sonrisa. El teatro se hizo dueño de nuestra casa, y la risa salió fácil. Lo que pudo ser una tragedia lo convertimos en comedia. 
Esto lo entendemos muy bien la prótesis y yo. Por eso ella hace travesuras, porque también entendió, como yo, que pintar sonrisas en las caras de las personas que nos rodean no es tan difícil, que lo cotidiano continúa; que si usamos bien nuestras palabras, podremos cambiar tristezas por esperanzas. 
Que me falta un seno, es verdad; que la traviesa prótesis cambia a cada rato de lugar, no lo puedo negar; pero tengo hijos y nietos, gente que me quiere, que me necesita, y también muchos planes. Entonces, no entiendo por qué debo preocuparme tanto por lo estético si es más reconfortante vivir con alegría a pesar de los problemas que podamos enfrentar. Tengo que decirle todo esto a mi hija para que no se enoje tanto con mi prótesis. 

(c) Belén Santaella

Caracas

Belén Santaella es una escritora y dramaturga venezolana. Fue operada de un cáncer de mama en 1995, a partir de ese hecho empezó a escribir. 

 OBRAS DE TEATRO: PECHOS DE SEDA, Mis piernas son de Nené, La culpa no es de la secretaria y ¿dónde está Homero? 

 LIBROS: El seno luminoso,  Mi peluca se llama Dolly, El amor es la clave  y Sara la deshonesta. 

 Participó en la Feria internacional del libro de Miami (2000) 

 Invitada por Alfaomega editores para presentar el Libro El seno luminoso. Dictó una conferencia en la universidad de Puebla. (2001)

 Colección de Cuentos personalizados para niños. 

 Conferencista



miércoles, 11 de junio de 2014

*El Mundial, el fútbol y la vida por Reinaldo Edmundo Marchant


 (Santiago de Chile) Reinaldo Edmundo Marchant 

 El fútbol es un sentimiento de la infancia.

 En una cancha, como en la calle, debemos estar despiertos. Siempre, y por siempre ojos y oídos atentos. La mente  tiene que permanecer lúcida, pícaramente atenta. A veces ignorar un detalle es perder la gloria. Hay que recorrer el campo de juego como recorremos las grandes avenidas de la existencia diaria: observando hacia atrás, hacia el presente y el futuro incierto. En la cancha, a ratos levantamos la mano pidiendo el balón que necesitamos para obtener un pequeño triunfo. En la ciudad llena de transeúntes, también a ratos queremos levantar la mano para recibir la necesidad inmediata. Muchas veces echamos a correr gritando un pase de cuarenta metros, y, al igual que en la calle, aquel balón que anhelamos no llega jamás. Entonces debemos regresar en busca de otras oportunidades. El fútbol, como la vida, es un retorno constante hacia la oportunidad perdida.
En la cancha es fatal la detención. La vida es un partido donde debemos estar invitándonos para participar de esa fiesta. Ya lo sabemos: lo que se estanca acaba por  morir  lentamente. Necesariamente se debe estar en permanente movimiento, buscando en espacios reducidos, a ratos oscuros, esa luz que nos  levantará del limbo. El terreno estrecho de una cancha, ahoga, cansa; afuera, en la calle, también se achican los espacios, y el agobio   crece hasta apabullar los sueños.
En medio de un partido, un hombre vestido de negro, que simboliza el duelo, la muerte, es decir todo lo contrario a la alegría, el señor árbitro, acusa con el dedo, amenaza, castiga, es un juez todopoderoso dueño de la felicidad ajena, designado por un extraño decreto de las leyes para sancionar, expulsar y dirigir la fiesta. En la calle, convertido en transeúnte, también existe un juez  que vigila los pasos y espera al acecho en las sombras para cobrar una falta injusta.
Un jugador, como cualquier persona, nunca se halla acompañado cuando enfrenta los grandes desafíos. Está solo, con la adversidad tocando sus piernas o los sentimientos. Cuando la pelota vuela hasta los pies, nadie lo ayudará para bajarla. No estarán las manos de su padre ni de su madre. Deberá intentarlo de cara a la inmensidad, sin otra alternativa que hacerlo con clase. Lo mismo sucede en la tenaz rutina de cada día: al final de la tarde acabamos de comprender que nadie cuidó nuestra espalda mientras buscábamos un pedazo de gloria. 
Todo se traduce a una simple ecuación: después de cada batalla, cuando desciende el telón del espectáculo, o del crepúsculo, el jugador y la persona quedan solos, y los aplausos son un ilegible sonido que se ahoga en el corazón de la multitud.
El oficio de futbolista se parece al de los magos: debe vivir de trucos, de trampas, de engaños repentinos. La vida cotidiana igualmente debe estar poblada de argucias. No hay diferencia alguna: al jugador habilidoso lo detendrán los golpes y al hombre honesto lo engañarán las sombras que giran permanentemente a su alrededor.
Ninguna definición del hombre es más exacta que un balón rodando, escapando o prendido en el aire, que no se sabe exactamente dónde, cuándo y cómo llegará a la sana alegría de los pies, o de los brazos que lo esperan con ojos inciertos.
Para tener cierta gloria en la cancha y en la vida, hay que querer de niño a la de cuero y aquellos horizontes que iluminan la geografía; a la de cuero hay que acariciarla, quererla, saber que tiene emociones, espíritu de ángel. Lo mismo será para un niño de la calle, que si logra conocer y acercar los colores que surcan los vastos cielos, volcará  su alma hacia la libertad y consagrará su imaginación para trasformar la desdicha en una felicidad que se respira en las más idílicas latitudes.
Cuando un futbolista corre por la banda, lo hace en busca del paraíso que anhela, porque la gloria perpetua no existe y la fama es puro cuento. Lo cierto será que no se puede pasar por la vida sin hacer una gambeta  repentina. A su vez, siempre será una tristeza inmensa no haber buscado en la tierra aquel pedazo de cielo que huela a paraíso.
La cancha es semejante al cielo. Es el lugar perfecto para echar a volar libremente, sin reglas ni limites, es donde se puede soñar con los ojos abiertos, y se pueden inventar en milésimas de segundos verdaderos poemas que antes no existían en la tierra.
Por sobre todo la cancha es el paraíso de los niños sin recursos: así como el pintor Van Got precisaba apenas un poco de hollín y cenizas para armar sus oleos, que hoy cuestan millones de dólares, un niño solo precisa un balón para colmar de fantasía los corazones de miles de personas que aplaudirán al prodigio natural, que es quizás el más maravilloso secreto que exista.
La encantamiento del fútbol es uno de los mayores enigmas de la creación humana: nadie puede entender que grandes astros del balompié, analfabetos, tuvieran la extraordinaria inteligencia matemática de poner un pase exacto de 50 metros, como en un lienzo artístico perfecto, y realizarán sucesivas epopeyas y proezas que altos eruditos nunca podrán efectuar. Ver tanta genialidad en los pies de un irreverente muchacho, da motivo para pensar que el talento se cultiva en los laboratorios de las canchas de polvo.
Un hombre que tiene un libro en las manos jamás estará solo, un niño que tiene un balón en sus pies guarda la esperanza de no ser un personaje anónimo que peregrina por el mundo. En la vida, como en el fútbol, una máxima  se hace recomendable:
No abandonar jamás la maravillosa infancia. Lo demás son fintas y gambetas que sobran.

(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile
Reinaldo Edmundo Marchant es un escritor chileno, fue Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, y agregado cultural  en las Embajadas de Chile en Colombia y en  Uruguay.
*Dedicado al escritor Eduardo Galeano, en el marco de un encuentro internacional de Fútbol y Literatura.

Vida y aventuras de Astrid Lindgren - Segunda parte - Por Javier Claure C.




















 (Estocolmo) Javier Claure C.
                                                   
Astrid Lindgren se interesó desde muy joven por otras culturas. Su curiosidad por el mundo, la llevó a viajar por algunos países. Y siempre estaba al lado de los desposeídos. Durante la Segunda Guerra Mundial seguía minuciosamente los acontecimientos. Coleccionaba artículos de periódicos sobres este conflicto militar global. En su diario escribió: “… el 9 de abril de 1940 Dinamarca es invadida por los alemanes y la guerra se acerca”. Repudiaba categóricamente a las tropas de Hitler. Y aunque Suecia nunca participó en la guerra, siempre existía la amenaza de ser involucrada en este enfrentamiento mundial. Ese mismo año, su esposo fue llamado para hacer el servicio militar. Y Astrid Lindgren empezó a trabajar en una sección del Servicio Secreto de Suecia. Su principal tarea era censurar las cartas que llegaban a territorio sueco, trabajo que fue denominado por los mismos funcionarios como “ocupación sucia”. El contenido de esas cartas le hizo ver, a diferencia de otros ciudadanos, una realidad más cruda y más violenta. Nuevamente escribe en su diario: “Alemania es como una bestia viciosa que a menudo sale de su madriguera para lanzarse a una nueva víctima”.
 Entre 1946 – 1970 trabajó, como jefa de la sección de literatura infantil, en la Editorial Rabén & Sjögren. Leía los manuscritos enviados a la editorial y daba su criterio sobre dicho material. Al mismo tiempo se convirtió, a sus 70 años, en una polemista de gran calibre. Sus opiniones sobre la energía nuclear, los animales, la política de impuestos, los refugiados y los derechos de los niños ganaban terreno haciéndose eco en todo el país.
Pago impuestos con alegría acostumbraba a decir. Supuestamente los impuestos van en bien de la sociedad. Sin embargo, en 1976 ocurrió algo curioso, el Estado le exigía que pague, como impuestos, el 102 por ciento de sus ingresos. O sea, más de lo que ganaba. Esa injusticia fue la gota que rebalsó el vaso. Con mucho coraje y su aguda pluma escribió un artículo en forma de cuento. Y fue publicado en el periódico “Expressen” con el título de “Pomperipossa en Monismania”. Sus duras críticas al sistema de impuestos fueron bienvenidas. Y, como efecto, modificaron la ley fiscal. Algunas personas han dicho que ese artículo contribuyó a la caída del Gobierno socialdemócrata. Gunnar Sträng, ministro de finanzas de la época, protestaba diciendo que, Lindgren, debería dedicarse a sus cuentos, ya que no entendía nada sobre las leyes de impuestos.

Astrid Lindgren escribió muchas obras. En total 130 millones de ejemplares de sus libros se han traducido a 86 idiomas. Para dar un ejemplo, en Suecia se han vendido 12 millones, en Rusia 50 millones y en Alemania 25 millones. Citando algunos de sus libros: “Pippi Calzaslargas” (1945), “Pippi se embarca” (1946) y “Pippi en los mares del sur” (1948) es la trilogía de mayor éxito editorial.
Luego publicó otra trilogía: “Los niños de Bullerby” (1947), “Más sobre los niños de Bullerby” (1949) y “Es divertido en Bullerby” (1952). Los cuentos de estos libros están ambientados en la bella y exuberante naturaleza de Småland. Se trata de un grupo de niños, hijos de granjeros, que viven en la aldea de Bullerby (El pueblo Ruidoso) en los años 20. Siempre están juntos jugando en el bosque, en el colegio o ayudando en algunos quehaceres cotidianos. Hay episodios de Semana Santa, de cumpleaños, de Navidad y de cuando los niños estaban gozando de sus vacaciones de verano. La vida en Bullerby es tranquila y llena de armonía, y pues los niños también van por buen camino. Al contrario de “Pippi Calzaslargas”, hacen sus tareas, son obedientes y se van formando de acuerdo a las normas de los maestros y la familia. El único ogro y perverso de la aldea, es un zapatero remendón que, de cuando en cuando, les causa susto.
En la década de los años 60 y a principios de los 70, publicó tres libros inspirados en la niñez de su padre: “Miguel el travieso” (1963), “Nuevas aventuras de Miguel” (1966) y “Otra vez Miguel” (1970). En los libros originales Lindgren utiliza el nombre de Emil. La traducción al español, sería entonces Emilio y no Miguel. Aunque también es cierto que se trata de un nombre propio que no significa nada. Solamente identifica a una persona. Miguel es un niño de 5 años que está en contra de la autoridad de los mayores. Las historias relatadas en esas páginas, son historias que describen las peripecias que pasa Miguel en el campo. Es decir, están escritas en un ambiente campesino, y con elementos de la realidad de aquella época.
En el cuento “Mio, mi Mio” (1954), traducido al español como “Mío, mi pequeño mío”, el protagonista es un niño de 9 años, Bo Vilhelm Olsson, apodado Bosse. Es hijo adoptivo de Eda y de Sixten que, por lo visto, no lo quieren. Un día Bosse se sienta en un banco de un parque de Estocolmo, y a su lado encuentra una lata de cerveza que se mueve. Asombrado la levanta y hace escapar al espíritu que habitaba dentro de la lata. Y en recompensa, obtiene el privilegio de seguir al espíritu hasta llegar al confín del mundo, de donde venía. En esos lugares misteriosos, Bosse se convierte en el Príncipe Mío. Encuentra el amor y la protección de su verdadero padre. Pero desgraciadamente las tinieblas se hacen sentir desde la Tierra y, en consecuencia, percibe que todo lo bello está amenazado por el jinete Kato, un hombre malicioso y con el corazón de hierro. Mío, entonces, tiene que luchar contra este ser maligno que ha raptado a muchos niños. Aquí se entrelazan aspectos de la vida y de la muerte, del bien y del mal.

“Los hermanos Corazón de León” (1973), es un relato donde se describe Naugijada, el lugar al cual uno llega después de la muerte. Este mensaje transmite Jonatan a su hermano Skorpan, quien padece de una enfermedad y se entera que pronto morirá.

“Ronja, la hija del bandolero” (1981), es una niña que nace en una casa mientras llovía torrencialmente. De repente cae un rayo y parte la casa en dos. En una de las partes crece Ronja junto a su madre Lovis, su padre Matti y otros bandoleros. Y en la otra mitad de la casa vive Borka, el enemigo de Matti, junto a su hijo Birk y otros canallas. Son, por decir, dos bandos que se odian y viven separados por una frontera. A Ronja le fascina caminar por el bosque, en donde observa a enanos, gnomos y arpías. Un día, en sus andanzas, se encuentra con Birk y se hacen amigos. Pasan de un hábitat a otro para jugar, como si fuesen hermanos. En este cuento se pone en tela de juicio algunos conflictos humanos. Pero gracias a la amistad de Ronja y Birk, la pelea entre los bandos desaparece.
(c) Javier Claure C.
Estocolmo
Suecia

Javier Claure C. es un escritor boliviano radicado en Suecia

domingo, 8 de junio de 2014

Hace 20 años: "Se nos fue Onetti" por Washington Daniel Gorosito Pérez

                 
(México D.F.) Washington Daniel Gorosito Pérez

Se gastaba el año 1994 y en uno de los múltiples viajes que realizábamos entre México DF e Irapuato en el estado de Guanajuato,  nuestro lugar de residencia, leo en voz alta la noticia que traía destacada el periódico La Jornada: “En España murió el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti”, segundos después escucho la vocecita de nuestra hija María Camila, con sus tres añitos a cuestas diciendo: “Se nos fue Onetti”.
Ese gigante de la literatura que viera el mundo muy sur del continente americano, en Montevideo el 1º de julio de 1909, se había dormido para siempre en Madrid el 30 de mayo de 1994, donde residía en su exilio  con Dorothea (Dolly)  Muhr su esposa; quien le regaló con motivo de ese aniversario a la agencia española EFE para la que Onetti escribió durante años artículos mensuales una serie de comentarios sobre el padre de Santa María.
Como lo veía: “Humanista, curioso, tierno a veces, mal educado y obsesionado por la vida humana y por el sufrimiento que pueden causar los hombres”. “vivía para escribir. Su obra necesita el esfuerzo del lector, sus temas son duros e intensos, pero yo veo que los lectores crecen, sobre todo los jóvenes. Aunque Juan en el fondo es un humanista, y eso no lo entiende mucha gente”.
“Él nos dejó un párrafo maravilloso sobre la desgracia que dice que la desgracia hay que dejarla que se desgaste sola. Creo que da lecciones de vivir y de aceptar las reglas del juego”.
Si tomamos según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua que desgracia es un “suceso adverso o funesto”, recordemos que en 1967 perdería el  premio Rómulo Gallegos ante Mario Vargas Llosa, el jurado eligió la obra del peruano, La casa verde, sobre Juntacadáveres del uruguayo. En su momento Onetti, atribuyó el hecho a que ambas novelas trataban de burdeles, pero el de Vargas Llosa tenía orquesta.
El mismo Mario Vargas Llosa que posteriormente, en el 2010, recibiera el Premio Nobel de Literatura y que hace unos días fuera entrevistado en Lima- Perú por Gabriel Gargurevich dijo sobre el escritor oriental:
-¿Qué recuerda de Onetti?
-Ah creo que es uno de los grandes escritores de nuestra lengua. Uno de los grandes escritores modernos.
-¿Fue su amigo?
-Bueno, era difícil ser amigo de él… Sonríe como si recordara una travesura. Era tímido muy retraído, se aislaba inmediatamente detrás de ironías y sarcasmos. Pero cuando llegaba a atravesar ese exterior defensivo, era una persona muy tierna, muy débil, insegura. La vida breve me parece su obra maestra absoluta. Hombre, su mundo era más bien un mundo pesimista, negro… Quizá por eso nunca llegará a ser un escritor popular, pero creo que siempre será leído; es un escritor que creó un mundo propio, muy rico, muy original, con una espléndida prosa, con gran sutileza constructiva de historias. Creo que es un novelista que siempre tendrá lectores.
Aunque Onetti, le cuestionaba a su esposa lo contrario. “¿Quién va a leer a Onetti dentro de 20 años? ¿A quién le va a importar?, se preguntaba el autor que una vez explicó que cuando se ponía a escribir, “a  veces del tema más bonito, más simpático, más fantástico, siempre se le escapaba una veta de pesimismo. Como si me desmintiera a mí mismo. Como diciendo la vida no es así. Le sirve a un tipo que está dentro de mí”.
Y tenía en su historia de vida historias para cargar con ese pesimismo maldito; el 9 de febrero de 1974, Juan Carlos Onetti fue encarcelado por haber sido jurado del Premio Anual de Narrativa convocado por la revista Marcha, que premió el relato “El Guardaespaldas”, de Nelson Marra, posteriormente censurado por la dictadura. Onetti pasó parte de su detención en un psiquiátrico. Tres meses después fue liberado y en 1975 decide residir en Madrid invitado por el Instituto de Cultura Hispánica.
Cinco años después en 1980 recibiría el Premio Cervantes de Literatura, la distinción más importante que se otorga en las letras hispanoamericanas. En ese entonces las autoridades del gobierno militar uruguayo le ignoraron, a tal grado que quien ocupaba la cartera de Cultura, el Dr. Daniel Darracq, dijo desconocer la obra de Onetti, aunque sí había oído hablar de él.
Sus últimos años de vida los vivió en la cama: “el lugar desde dónde se puede hacer lo mejor”, como hacer el amor, leer, o beber, le decía a Dolly el escritor. Cuando los medios dan la noticia de su muerte en la capital española dicen: “Fallece en la ciudad en que pasó los últimos 19 años, cinco de ellos sin salir de su cama”. Este año el del 20º aniversario luctuoso del escritor ha sido proclamado en España como el “Año Onetti”.
Una vez más en su país natal, la República Oriental del Uruguay, el “inventor de la novela latinoamericana moderna” pasó desapercibido ya que el ahora gobierno progresista no tenía previsto ningún acto oficial por esta efeméride. El Director General de Cultura, Hugo Achugar, al ser consultado argumentó que “Uruguay tiene tantos y tan buenos artistas que no es posible conmemorar todos los aniversarios redondos, con cero”. “El Estado no puede hacerse cargo porque si no nos la pasaríamos de conmemoración en conmemoración”.
Vaya mi homenaje con este poema al padre de Santa María, el territorio imaginario, localizado en algún lugar del Río de la Plata a donde ambos pertenecemos y donde solía situar sus obras.


                                 SANTA MARÍA de ONETTI
                                                                        “Por eso fabriqué Santa María
                                                                         fruto de la nostalgia de mi ciudad”
                                                                                                Juan Carlos Onetti
Ficción dentro de la ficción.

Un sauce se arquea
para beber en el río de aguas café.

Santa María,
inmune al desgaste
de las horas y los elementos.

Santa María,
inventario del olvido
a lo largo de la costa.

Santa María,
intrincado mundo interior
cubierto de tinieblas
blanquicientas como espuma.

Santa María,
mirada fija y circular
el cuerpo ante un espejo
reflejando vergüenzas
e infamias olvidadas
que son gotas de vida.

Santa María,
el silencio sobrevive a las palabras
la muerte de la noche te hace dormir,
adiós al insomnio.

Santa María,
riachuelos de estrellas
caen sobre el astillero
y el “Dios Brausen”
desde su ventana ve difuminarse la ciudad.

(c) Washington Daniel Gorosito Pérez*

México D.F.

Washington Daniel Gorosito Pérez es Catedrático Universitario, Periodista, Conferencista,  Poeta, Ensayista e Investigador.

miércoles, 4 de junio de 2014

Un día perfecto* por Reinaldo Edmundo Marchant




(Santiago de Chile) Reinaldo Edmundo Marchant

Mi trabajo es un oficio olvidado.  Cualquiera no lo hace. Para realizarlo hay que estar loco de amor. Es de un trajín incansable. En esta labor uno es aprendiz y no se renuncia jamás. Tampoco se jubila. Se es un simple practicante hasta el fin de los tiempos.
Me levanto muy alba. Antes de la siete de la mañana. En todas las estaciones del año. De lunes a domingo (así de trabajólico soy). No descanso ni siquiera en las festividades de Celebración de la Patria. Apenas se pone el sol en lo alto, engullo un desayuno frugal, tostadas con leche, por ejemplo, tomo mi bolso, apresuro el paso al Metro, hago fuerzas para entrar y quedar como sardina, con cien narices y olfatos en mi boca, mirando con ojos de par en par esas caras tristes, somnolientas, que se desplazan a tareas digamos más convencionales.
Exactamente recorro veinte estaciones.
Es preciso decir que uno viaja en un minúsculo espacio y, al descender, se halla en otro lugar, asunto nada recomendable porque, en mi caso, por la especificidad de mi cargo, en las manos cargo libros, cuadernos y un pesado bolso lleno de excentricidades, que no viene al caso describir.
Ejecuto con precisión la combinación en Santa Ana. Esa es la Línea 5. Ahí toca dar otra batalla, en ocasiones más ardua, para ingresar a empellones al vagón. Los manoseos  de mujeres y hombres es un asunto establecido que nadie reclama. Ante semejante adversidad, no dejo de sonreír.
Permítanme contar que, tiempo atrás, quedamos casi abrazados con una muchacha, nuestras caras se raspaban, yo miraba sus ojos grandes y seguramente ella veía los míos; viajamos el largo trayecto en esa postura claramente ridícula, hasta que soltamos una risotada ante la absurda situación en que, ni ella ni yo, podía mover una extremidad;  finalmente, en la estación Los Héroes, se dejó llevar por la aglomeración, que la sacó en andas y desapareció Dios sabe dónde. Ni siquiera conocí su nombre.
Luego de superar todos esos rigores cotidianos,  vadeando la Plaza Italia, llego finalmente a la estación Manuel Montt. Ahí se encuentra mi exclusiva oficina, ubicada en el corazón más silente del Parque Forestal. Apresuro para "marcar tarjeta laboral" (¡antaño firmaba un libro imaginario de más de cien páginas y dejé de hacerlo en aras de la modernidad!), antes de las ocho de la mañana. Este trámite lo cumplo cabalmente golpeando la corteza de un macizo árbol. Las aves, con ojos de patrones, son testigos del cumplimiento cabal de esta obligación.
Enseguida  recurro a unas piedras aledañas al Río Mapocho.
Permanezco ubicado frente a las aguas  y a la Iglesia Corazón de Jesús. Aquella dependencia, por llamarla de alguna manera, es cómoda y carente de bullicio humano.  Naturalmente, se halla en la intemperie, y se percibe la calidez de una temperatura maravillosa porque no resuenan teléfonos ni vocerío lenguaraz.
Cándidamente escucho la sonora música del caudal y al maravilloso sonido de los paisajes. Recorro la imponente cordillera de Los Andes – no se piense que es una labor simple, de flojos, ¡en absoluto! -. En un dos por tres aterrizan tórtolas, mirlos, tordos, palomas y zorzales.
Siempre llegan en ese orden. (Tengo un Compañero Fraterno que es muy travieso: se me hace que Él los manda en ese orden).
   -Buen día - dicen.
   -Buen día -respondo.
   -¿Pasó buena noche?
   -Yo sí. ¿Y ustedes?
   -¡No tenemos queja que denunciar!

¡Qué galanes camaradas de trabajo tengo! ¡Hablan con una claridad  que no escucho en los terrícolas! Somos buenos socios: a fin de cuenta trabajamos para un maravilloso Ser que pernocta en el corazón de la perpetua luz.
Tomo de mi bolso varios panes y mucha semilla.
Cuidadosamente las distribuyo en puñados, unos ahí, otros por acá. Lo hago ejemplarmente, aunque sé que no se entenderá esto último. Sí, no es una  faena compleja, esto puedo reconocerlo. Digamos que quien hace el esfuerzo es el espíritu y un desdeñado asunto conocido como sentimientos. ¡De estos estupendos órganos recibo instrucciones  y las aplico incluso en horas extras!

Hay que velar que coman equitativamente cada porción.

No debe quedar con hambre ninguna ave. A los pichones, esos que recién aventuran los vuelos, hay que atender de manera personalizada y en su justa medida. Rodeado de aquello, se debe apretar los dientes de cara a  esa gente que cuchichea: "¡qué manera de perder el tiempo!", "¡debe ser un trastornado, un excéntrico que llama la atención!",  “¡semejante maniático no había visto jamás!”. Ya ven, las críticas son exaltadas. Concluyentes. Intentan hacerme pebre. Yo, como buen sacristán, río para mis adentros. Y los perdono.

Perdonar es el sentimiento más hermoso de la esencia humana.

¡Ignoran la gloria y felicidad que genera este bendito aislamiento!

No pierdo un minuto con esos bobalicones (disculpen la expresión, me afloró de madre). Cualquier tarea, por burda que sea, no denigra. Y yo la ejecuto decididamente en gozo, silbando. Con dedicación. Pongo ese amor que rara vez se entrega a los mismísimos hermanos de la comarca.

Francamente, no podría desempeñarme en otro asunto.  Sé que es triste reconocer aquello: testificar lo contrario es mentir.

Me gusta estar en cinco o seis frentes a la vez (soy un hombre de energía). Contemplando las sombras que se deslizan, aguzando oído al gorjeo que emerge de una acacia, circulando un trecho -sin dejar de atisbar a las comilonas aves-, preocupado  de los vuelos de un pequeño pájaro que se anima por arriba de las barrosas aguas; y, además, repartiendo el pan a un vagabundo  y preguntarse: por qué él no tiene nada si todos somos hijos de alguien...

Esta tarea me abstrae del mundo.

Con semejante tesoro no requiero  joyas ni abundancia económica. Menos importa salir en páginas sociales. Ni concurrir a presentaciones de libros. Dios me libre de participar en “Mesas Redondas” –nunca son redondas las mesas…-, ni dar charlas plomeras con temas: “El postmodernismo de la narrativa femenina, gay, lésbica, intercultural, machista y vanguardista”. ¡A otro ratón con ese queso!

En ese horario nada sé de mí. Estoy demasiado ocupado de que no peleen las aves - a fin de cuentas soy una especie de mucamo de ellas- y, cuando ya han tragado lo suficiente, las espanto al río para que beban agua.

Enseguida regresan. Y vamos prestando nuestro mayor esfuerzo. Corriendo de aquí para allá. Pidiendo al Padre paciencia.  Calma. Ánimo superior. Trato de que ellas perciban un cariño que no está en las ramas. Ni en las casonas de la comuna de Providencia.

Así, casi en un santiamén, la mañana concluye.

El atardecer es otra cosa.

Aquí el afán se tranquiliza. Ellas y ellos se van relajando, echando en el césped a cuenta gota, ronronean, asean el plumaje, se buscan para aparearse, mientras, de cara a mi Gran Jefe, deslizo  algunas palabras en mi cuaderno. Nadie molesta.

Entran en respeto y me dejan en paz. Marchan con demostrativa  gratitud por la geografía de los cielos y la electricidad del aire.

Yo sigo por el parque, ahora solo, analizando nuevas flores, lóbulos en plantas, a imbatibles ejércitos de hormigas, cumpliendo con  las horas de una extensa jornada, pensando en muchas cosas de la vida  (nada hace recapacitar más que un pájaro cerca de nuestras manos).

Indefectiblemente agradezco al Padre por darme excelentes compañeros.

Regresaré a casa con el mismo procedimiento de la mañana, y quizás con otra gente. No importan los tropiezos, esos apretones, el maltrato, el bullicio, los insultos de la gente.

Pasaré por alto a tantos idiotas manipulando celulares.

A exhibicionistas que fingen ser felices.

No prestaré oídos al vocabulario del Siglo XXI: las groserías.

Sólo sé que mi corazón es otro, que en mi bolso ha quedado impregnado el sonido del río, aquel movimiento de las aves y unos colores que divisé en el dilatado éter.

Esa fue mi remuneración por los servicios prestados.

Comúnmente, al abrir la puerta de mi morada, elevo la vista  hasta lo más hondo de lo celeste, digo:


        - ¡Gracias Maestro por el oficio conferido!

(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile

*Un día perfecto fue enviado por Miguel Angel Bravo, de editorial Amanuense para su publicación en la revista Archivos del Sur.
Reinaldo Edmundo Marchant es un escritor chileno. Fue Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, agregado cultural de la Embajada de Chile en Uruguay y en Colombia. Ha publicado numerosos libros y también ha recibido premios por su labor literaria.






martes, 3 de junio de 2014

Sobre “El tamaño del mundo” (fragmento) de Antonio Lobo Antunes

(Montevideo) Magda Lago Russo
                                                                 
Antonio Lobo Antunes (Lisboa,1943) es un escritor portugués que ha sido candidato al Premio Nobel de Literatura. Lobo Antunes es licenciado en Medicina, con especialidad en Psiquiatría. Entre 1970 y 1973 participó en la última fase de la guerra de liberación colonial de Angola, que ha sido tema recurrente en muchos de sus libros. Actualmente vive en Lisboa y se dedica exclusivamente a la literatura y el periodismo. En 2005 fue galardonado con un premio literario importante: el Premio Jerusalén. En 2007 fue distinguido con el Premio Camões el premio literario más importante de la  lengua portuguesa.  En septiembre de 2008 el jurado de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara le concedió el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances.
En 1979 publicó el primer libro, “Memoria de elefante,” que obtuvo gran éxito y muy buena acogida de la crítica, Seguido, en 1980  de  “Conocimiento del infierno” Estos primeros libros son marcadamente biográficos, y están estrechamente relacionados con el contexto de la guerra colonial. Se transformó de inmediato en uno de los escritores más prolíficos, leído y discutido entre los artistas contemporáneos nacionales e internacionales. Antonio Lobo Antunes comenzó a utilizar el material psíquico que había marcado toda una generación: partes de las crisis matrimoniales, las contradicciones de la burguesía revolucionaria, el profundo trauma de la guerra en el extranjero y el regreso de los portugueses a la patria primitiva. Esto le permitió obtener de inmediato la adhesión de un cierto grupo de lectores. Aunque no siempre lo acompañó una crítica favorable.
Antunes se ha convertido en uno de los escritores de todo el mundo portugués  más leídos, traducidos y vendidos.
Según Antonio Lobo Antunes refiriéndose a: El tamaño del mundo (1) “...Una tarde de lluvia trae la melancolía, y con ella llega una tristeza que arrastra una procesión de recuerdos e imágenes de un niño que descubre los colores y las formas del mundo. Su tamaño. Episodios añorados y la reflexión de "si mi nombre fuese otro, ¿qué habrían hecho de mis días?". Personas que ya no están y un hombre, Januário, que con sus historias y palabras le va mostrando el tamaño del universo...”. Relacionando este fragmento de “El tamaño del mundo” con el fluir de la conciencia, técnica propia de la novela moderna y de gran significación en el siglo XX  se observa que el autor, verbaliza los contenidos mentales del personaje  tal como aparecen en su inconsciente, sin estructura lógica. “¿Si mi nombre fuese otro ¿qué habría hecho de mis días? Una palidez azul en el interior de la lluvia y mi cama más nítida. ¿Me despertaré mañana ya crecido? ¿Envejeceré así?" (1)
Se asiste al sinceramiento de una voz narrativa que fluye casi entrecortada por las emociones y el hilván de los recuerdos, tornándose por momentos en un discurso fragmentado, incoherente: de quien no puede desligar los tiempos reales de los imaginarios. Aflora el inconsciente, asociando imágenes y pensamientos íntimos, sensaciones y recuerdos, tal como se presentan en la conciencia.
Cada pensamiento fugaz ocupa la posición de mayor influencia  y cede el lugar a los pensamientos que vienen después, el tiempo del fluir de la conciencia,  es un tiempo totalmente distinto del tiempo físico.
El autor presenta el pensamiento del personaje, no el propio. El pensamiento del personaje es expuesto de forma tal que parece no estar controlado por el autor. Su propósito  parece ser el de revelar los sentimientos y emociones más íntimos del personaje
Está cargado de un raudal de asociaciones y los pensamientos de los personajes son revelados de forma tal que parecen no estar controlados por el autor.
Hay características de este  fragmento  que se pueden relacionar con el fluir de la conciencia. Por ejemplo: el personaje actúa como ente narrador y a la vez receptor del propio mensaje. Tanto conciencia como inconsciente fluyen libremente.
Es un modo narrativo directo que representa el carácter temporal y fluyente de la conciencia orientada hacia el pasado y el futuro.
El propósito del autor es el de mostrar los sentimientos y emociones más íntimos del personaje en el mismo instante en que se producen, consciente e inconscientemente.
Reproduce lo más íntimo de la psicología del personaje.

(c) Magda Lago Russo
Montevideo
Uruguay

Magda Lago Russo es escritora

(1) Crónica de Antonio Lobo Antunes publicada en el diario El País, de España - traducción de Mario Merlino 8-7-2006